Cumpleaños #1
Hoy estamos festejando tu primer cumpleaños. No quiero ser dramática, pero se me caen las lágrimas de saber que ya llevamos un año entero de experiencias vividas; qué le vamos a hacer, tu mamá es sensible.
Se me remueven muchas cosas al pensar en estos últimos 365 días (366 en realidad, ¡el año fue bisiesto!). Hubo, como con todo, cosas buenas y cosas no tan buenas. Las demandas de atención, las noches de mal dormir, las peleas con tu papá por no saber cómo manejar el estrés... Son cosas que pasan. ¿Te contamos que hasta los tres meses dormías solo con el pulgar —nuestro pulgar— en tu boca? Tu papá tenía miedo de que nunca se te fuera esa costumbre, pero vos solita decidiste cuándo dejarlo. Tan chiquita y ya nos mostrabas la principal cualidad de tu personalidad: tu determinación.
Todo lo malo se vuelve insignificante si se compara con lo bueno. ¿Sabías que la primera vez que sonreíste no fue ni a tu papá ni a mí, sino que a un muñeco de monito que te había regalado la tía Clau? ¿Pero la primera vez que te reíste? Ah, esa historia es diferente. Estábamos los tres en la cocina, vos a upa mío y jugando a las "escondidas" con papá (es decir, él se daba vuelta velozmente en un estilo "me ves, ahora no me ves"). De a poquito fuiste construyendo la risa en tu pecho hasta que explotó en un burbujeo hermoso que a los dos nos emocionó hasta el llanto. Es el recuerdo más hermoso que conservo de este primer año.
Hay mil cosas que podría contarte. Tu adoración por la banana y el tomate pero rechazo absoluto a cualquier verdura, por ejemplo. Tus bailes enloquecidos cada vez que aparecían ritmos musicales que te gustaban. Tu fascinación con La granja de Zenón (¡si se nos habrán pegado las canciones de tanto que las escuchábamos en casa!). Tus caras de locura antes de disparar a gatear por todo el departamento. Tus palabras sin sentido (porque, aunque no te entendiéramos, eso jamás te impidió mostrarnos lo mucho que te gusta hablar)... Pero lo mejor es, sin duda, aprender conocerte, a entender tus gustos y a interpretar tus gestos, miraditas y balbuceos para no fallarte, para poder darte lo que querés y necesitás.
Solo me queda pensar en lo que viene a partir de ahora, porque si en solo un añito lográs conmoverme, emocionarme, hacerme reír a carcajadas, no imagino las emociones que me despertarás en los que se vienen. ¿Cuándo caminarás? ¿Cuándo dirás más palabras aparte de mamá y papá? ¿Cuándo nos abrazarás, nos besarás, nos dirás que nos querés? Si eso es lo que sigue, ya no puedo esperar.
Espero que cuando leas esta carta puedas percibir el amor tan inmenso que siento hacia vos, hacia la personita chiquita pero llena de energía y carácter que está a nuestro lado. Aunque a veces te veo y me angustia que ya no seas esa bebé chiquita e indefensa que solo quería estar en mis brazos, verte crecer y hacer cosas nuevas me genera un orgullo que es difícil de poner en palabras. La mapaternidad es así, compleja y contradictoria, en parte se me rompe el corazón y en parte se me revienta el pecho de amor, el verdadero significado de "sentimientos encontrados", de "sensaciones agridulces". Pero, por más que los días son largos y a veces estamos tan cansados que solo queremos dormir, verte tan activa, tan despierta, tan curiosa, me hace creer, quizá ingenuamente, que no lo estamos haciendo tan mal. Ya nos contarás vos si estuvimos a la altura.
Gracias, Ariel. Por este año de descubrimientos, de pañales que cambiar, de primeras veces. Te amo con todo mi corazón, mi chuelita.
Para siempre,
Mamá.
Comentarios
Publicar un comentario