Oda al profesional frustrado
A veces es difícil admitir que te cuesta hacer una de las cosas que más disfrutás. A mí, por ejemplo, me cuesta escribir. Bueno, no escribir per se, sé escribir y de hecho creo que lo hago muy bien. Lo que me cuesta es inspirarme.
A veces muero de ganas de sentarme frente a la computadora y tipear frenéticamente, pero ¿cómo puede una escribir si su cerebro está en blanco? Me pasa más veces de las que me gustaría admitir. No me apena que sepan que me cuesta encontrar inspiraciones, lo que me apena es seguir presentándome como una escritora por hobby a pesar de no poder escribir nada que no sea para entregar en la facultad. Y, sin embargo, lo sigo haciendo. Porque es difícil admitir que no puedo hacer algo que disfruto tanto.
Y la verdad es que lo mío no es tan grave. Si quiero puedo sentarme a escribir sobre cualquier cosa para satisfacer mi necesidad de plasmar ideas en un lienzo en blanco, incluso si esas ideas son inconcisas y aburridas. ¿Pero cómo hace una persona que ama, digamos, la gimnasia artística? O patinar sobre hielo o el nado sincronizado... Hay cosas que no se pueden aprender así porque sí. Si no te da el cuerpo para practicar un deporte, no te da. Pienso en Lionel Messi, que para jugar al fútbol profesionalmente tenía que alcanzar cierta altura a la cual sabía que no podría llegar de forma natural por su condición de salud; un muchacho que tuvo que soportar tantos pinchazos en sus piernas para poder llegar a donde quería estar. Pienso también en mi amor, Emilio, que toda su vida soñó con ser basquetbolista pero, a pesar de ser tan talentoso como cualquiera, su altura no le jugaba a favor y eventualmente abandonó. Ambos se encontraron con la misma incapacidad en sus carreras: la altura. Uno tuvo éxito y vive en una mansión en España, el otro ahora trabaja para una línea de colectivos a dos horas de distancia de la casa que alquila. Por eso pienso: ¿cuántas personas habrán hecho hasta lo imposible para perseguir sus sueños y cuántas se resignaron antes de que el rechazo de las grandes ligas les rompiera el corazón? ¿Cuántos son Messis? ¿Cuántos Emilios?
Si mi deseo fuera escribir para el mundo y no para mí, ¿de qué lado me encontraría? Yo creo que conociéndome, y me conozco muy bien, me daría paja hasta pensar de qué lado estar. ¿Te imaginás luchar día a día hasta que te llegue la inspiración para escribir un best-seller que te vuelva millonaria? Qué horror. Escribir no funciona así. No podés obsesionarte con tener una idea para que ocurra. La maldita idea llega cuando no la esperás. A veces basta con sentarte y escribir sobre cualquier cosa, incluso sobre no tener ideas. Quizá de ello salga algo interesante. O quizá no. Eso no hace que sea menos frustrante a veces no estar inspirada, pero sí hace que mi dolor sea casi insignificante al lado del de estas personas.
De repente, mi problema se torna minúsculo. Presentarme como una escritora por hobby que, con suerte, escribe un cuento de una hoja en un año entero nunca podría dolerme más que presentarme como una frustrada escritora profesional que abandonó sus sueños porque no se le caía una idea ni de casualidad.
Comentarios
Publicar un comentario