Difícil ser mujer

—Mi amor, qué linda que sos —me dice en la calle un hombre que no conozco.

Tengo 16 años, él fácilmente puede pasar de los 40. Lo ignoro y sigo mi camino, incómoda. Quizá hasta me doy vuelta para ver que no me siga. Pienso que por eso odio usar la pollera del uniforme escolar, aunque sé perfectamente que las baboseadas diarias no se limitan a su uso.

Hay algo que los hombres disfrutan de insinuársele a adolescentes. ¿Será la tentación por la carne joven, un fruto prohibido? ¿Será la perversión de buscar "iniciar" a una virgen y perturbar su inocencia? No lo sé. Para mí es más bien el hecho de que las adolescentes no dicen nada. No se dan vuelta ni te empiezan a cagar a puteadas como hacen las mayores, las que ya vivieron esto tantas veces que se pudrieron y no dejan pasar ni una más. Lo único que hacen las más chicas es mirar al piso y caminar más rápido. Se la bancan. Te dejan decirles obscenidades porque creen que no hay nada que puedan hacer. Está normalizado, tanto en ellas como en ellos.

Un día me miré al espejo y pensé en todas las cosas que me pasaron por culpa de este normal patriarcal que nos presiona constantemente. Pensé en el quiosquero del barrio que me invitó a ir al fondo del negocio, al galpón donde guardaba la mercancía para buscar un chocolate que quería y no estaba en la vidriera. Pensé en los dos desconocidos del colectivo que durante todo el viaje me miraron con ganas y recordé que se bajaron atrás mío y amagaron con seguirme hasta mi casa; pensé en qué habría pasado si no hubiera vuelto sobre mis pasos para que se alejaran antes de seguir mi camino; también pensé en todas las veces que se dieron vuelta para ver si estaba cerca o si seguía paralizada en la esquina, esperando a que se alejen. Pensé en los pendejos que me levantaron la pollera del colegio cuando pasaron a mi lado en la calle. Pensé en el cliente del restaurante que se molestaba cuando no lo saludaba con un beso porque sabía que si lo hacía me agarraría de la cintura para tocarme. Pensé en el compañero del laburo que me tocó el culo cuando estaba anotando un pedido. Pensé en todos mis compañeros de clase que me invitaron a salir y automáticamente comenzaron a tratarme de histérica y a acusarme de "hacerme la difícil" cuando les dije que no quería. Pensé hasta en los profesores secundaria que se me insinuaron sin que yo me percatara, porque era muy inocente como para pensar que hasta mis propios profesores también formaran parte de este grupo de macho de mierda.

Pensé en todo eso y me decidí a no volver a bajar la vista nunca más. A no dejar que ningún otro hombre condicionara la manera en que vivo mi vida. A no tener miedo de usar pollera. A no volver a callarme cuando me viera convertida en el blanco de sus pajereadas. Me decidí a responder. A sacar toda la bronca con la que cargaba desde los 12 años.

Pero acabé decepcionándome a mí misma. No siempre puedo defenderme. A veces cruzo caminos con un ser tan grotesco que me da no-sé-qué contestar. Otras veces cruzo pajeros en manada, ¿viste esos que son alrededor de diez y están todos mirándote y diciéndote cosas? Bueno, esos. Me petrifican. Literalmente, no puedo reaccionar. Me siento tan expuesta que no me animo a decir nada, solo quiero huir, volver a mi casa y sentirme a salvo ahí dentro porque sé que afuera no puedo.

Me pregunto entonces cuánto tiempo me tomará desprenderme de este miedo para, finalmente, poder vivir en tranquilidad. Me pregunto también cuánto tiempo pasará hasta que la sociedad, finalmente, escuche nuestros gritos y vea nuestro sufrimiento. Me pregunto cuántas más tienen que llorar, tienen que violar, que matar para que se haga algo de una puta vez. No sé y me da miedo no saber. Por lo pronto, me animo a hacerle una promesa más a mi yo del pasado para que nuestro futuro sea un poco más brillante: voy a tratar, nuevamente, de no callarme. Sé que quizá no vaya a conseguirlo siempre, pero no voy a decaer cuando eso pase. Me voy a recomponer y a volver a pisar el exterior con una nueva convicción, porque no quiero ser un objeto receptor nunca más. Quiero salir a la calle con el pantalón que me dé la gana sin que el corazón se me agite por miedo a que alguien me comente algo indeseado. Quiero poder salir y dejar de sentir ojos sobre mi cuerpo cuando nadie está mirando. Quiero poder establecer un ejemplo para lxs chicxs más chicxs que me rodeen. Quiero enseñarle a las nenas a defenderse a sí mismas, a luchar por sus derechos y a no adaptarse a un mundo que las ve como una mercancía. Quiero enseñarle a los varones a respetar a las mujeres, a ser el amigo del grupo que señale las actitudes de mierda en los demás y les explique por qué deben cambiarlas. Quiero contribuir a cambiar el mundo, pero para hacerlo, tengo que tratar de cambiar yo también.

Las chicas no se callan más.
 #NiUnaMenos 

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