Iruya

El viaje hacia Iruya comienza en Humahuaca: salimos temprano, con ese frío seco del norte que parece más una idea que una sensación real. La ruta se abre tranquila al principio, pero es cuando se acaba el asfalto que comienza la verdadera travesía: curvas cerradas, rutas serpenteantes tan finas que te acorralan entre la montaña y el vacío, subidas que parecen no tener fin, paisajes verdes que mutan a ocres, rojizos y dorados…, y subir, subir, subir hasta las nubes. Literalmente. Un micro que más parece un colectivo contra masas de agua condensada que lo empujan hacia atrás; afuera, un mundo blanco, y adentro, reverente silencio. No hay autobús noctámbulo que resista el camino, y quien no madruga se lo pierde. Iruya aparece entre la niebla, colorida, improbable, hermosa, un paraíso entre las montañas, oculta al paso del tiempo. Uno piensa que ya lo ha visto todo y que Salta no tiene nada más para ofrecer, pero la subida y bajada al Mirador del Cóndor demuestra que siempre hay lugar para un poco más de asombro. Estos ojos no han visto paisaje más hermoso que el que observaron en la cima de esa montaña: una vista que no se alcanza, sino que se merece; la subida no es para los temerosos pero la recompensa vale cada segundo. Irme de Iruya se siente antinatural, cualquier cantidad de tiempo te deja con sabor a poco, y el sinuoso sendero de vuelta se despide como dando tiempo a arrepentirte y regresar. Pero voy a regresar, de eso no cabe duda.

      Elijo este recuerdo de mi repertorio porque no creo que ningún otro viaje, ni pasado ni futuro, pueda superar lo sentido al pisar Iruya. Ni siquiera pisarlo, pues la visita a Iruya comienza cuando decidís ir y no cuando llegás. Hay viajes que simplemente se recuerdan: dejan emociones que pueden ser fuertes, positivas o negativas, y se almacenan en el depósito de la memoria para revisitar de vez en cuando; y hay otros viajes que te quedan en el cuerpo, que te llevan allí nuevamente cuando los pensás, que te hacen vibrar el alma, que te permiten sentirlos en la piel aunque estés en el sofá de tu casa. Si cierro los ojos, estoy en Iruya nuevamente, respirando aire puro y oyendo al silencio estirarse entre las montañas. No hay sensación que se compare.

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N. de A.:

Este texto fue producto de un trabajo práctico para mis clases de lengua en el Traductorado Lenguas Vivas. La consigna era hacer un relato de viaje que tuviera dos párrafos, el primero para contar la anécdota y el segundo para argumentar por qué elegí narrar este viaje en particular. Esto fue lo que yo entregué.

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