Si pudiera respirar bajo el agua

¿Pensaste alguna vez en cómo sería poder respirar bajo el agua? Yo sí. Casi diariamente, a decir verdad.

Pienso e imagino el fondo de una pileta. Si pudiera respirar bajo el agua, me pasaría horas enteras ahí abajo. Estudiaría los rayos del sol que se quiebran y pierden en lo hondo, adoraría el manto plateado que la luna arroja sobre su superficie, y sentiría en mi piel las vibraciones que el caer de la lluvia producen en el agua.

Pienso e imagino la vegetación de un lago. Si pudiera respirar bajo el agua, me escondería entre las rocas, verdes y resbalosas por el musgo, y me encargaría alegremente de desenredar cada alga que acabara enmarañada en mis cabellos.

Pienso e imagino la fauna del océano. Si pudiera respirar bajo el agua, tomaría mis cosas y abandonaría sin más la vida en la superficie para irme de mochilera por el Pacífico. Jugaría con delfines, contemplaría los tiburones, observaría hipnotizada a los bancos de coloridos peces que cruce en mi camino, y aprendería sobre las nuevas especies marinas que aún desconocemos de su existencia.

Si pudiera respirar bajo el agua, meditaría día y noche, hora tras hora con el sonido del agua meciéndose en mis oídos. Visitaría los arrecifes de coral y las praderas marinas y los manglares y me aseguraría de capturar con mis ojos el recuerdo de cada ecosistema marino para reproducirlos a voluntad como una película inédita en el cine de mi memoria cuando me encontrara ya muy lejos de ellos. Exploraría los rincones más oscuros y recónditos del mar y el océano, revisaría cada cueva, contemplaría a cada animal, me adentraría en cada barco hundido para descubrir sus tesoros y secretos. Y, cuando ya no quede lugar que no haya visitado, bajaría aún más. Iría tan profundo como pudiera y me atreviera para entregarme, de una vez y para siempre, a los misterios que el agua resguarda. ¿Existiría aún el megalodón? ¿Existirían acaso especies acuáticas sospechosamente parecidas a la humana? ¿Qué aguarda en lo profundo del océano esperando ser descubierto? ¿Huesos de dinosaurios, quizá? ¿O alguno con un corazón palpitante que se adaptó a la vida en el frío y la negrura? ¿Restos y templos de civilizaciones antiguas de las cuales aún no se tienen registros? Son tantas preguntas las que tengo y ninguna respuesta que sacie mi hambre de aventura y mi deseo por investigar.

Pero no son nada más que fantasías de una chica aburrida que no puede hacer nada salvo escapar de su realidad en su imaginación. Nunca voy a poder respirar bajo el agua. Soy solo otra de las muchas condenadas a vivir la vida con la ropa seca y los pies sobre la tierra.

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